Yo soy vuestro auténtico crítico marxista, proclamo siguiendo
a Groucho en lugar de a Karl, y como lema os ofrezco la magnífica
admonición de Groucho: «¡Sea lo que sea, estoy en contra!».
a Groucho en lugar de a Karl, y como lema os ofrezco la magnífica
admonición de Groucho: «¡Sea lo que sea, estoy en contra!».
Notable constatar que tras casi veinte años de publicado por primera vez, el ensayo El canon occidental: La escuela y los libros de todas las épocas (The Western Canon: The Books and School of the Ages) de 1994, continúe siendo hoy un libro tan apasionante, polémico, estimulante, tendencioso e incendiario como su propio autor, a quien podríamos aplicar la misma fórmula que él utiliza para referirse a creadores tales como Dante, Emily Dickinson o William Blake: “un partido político y una secta de un solo miembro” .
Probablemente uno de los críticos literarios más famosos, polémicos y prestigiosos de todo el mundo, Harold Bloom (n. el 11 de julio de 1930), Profesor Sterling de Humanidades de la Universidad de Yale, ha sabido destacar no solo por su asombrosa erudición sino también por el ímpetu, la capacidad sugestiva para convencernos o arrastrarnos hacia sus propias posiciones esteticistas, un brillante talento retórico, un alto vuelo intelectual y el ánimo beligerante con que se opone a todas las modas y convencionalismos de la academia, que encasilla en la llamada Escuela del Resentimiento: ciertos feminismos, ciertos marxismos, algún tipo de neohistoricismo derivado de Michel Foucault, críticos tales como Roland Barthes. Sus reconocidos mentores son autores tales como Michel de Montaigne, Samuel Johnson, “el más grande de los críticos literarios occidentales”, Ralph Waldo Emerson, Matthew Arnold, Northrop Frye.
En muchos sentidos, podría decirse que Harold Bloom puede ser considerado como un verdadero apocalíptico, de acuerdo con la nomenclatura acuñada por Umberto Eco en su famoso ensayo Apocalípticos e integrados (1965), aquel que contempla con horror cómo se desintegra una cultura, una civilización y se lamenta por los valores perdidos en el camino. No por nada ha escogido el esquema cíclico del filósofo napolitano Giambattista Vico para dividir los distintos periodos de la historia: Teocrática, Aristocrática, Democrática, centradas en Dios, los héroes y los hombres, respectivamente. A la nuestra reserva el elocuente nombre de Edad Caótica, siendo sus más fieles representantes Beckett, Joyce, Proust y Kafka.
Pero, ¿qué se entiende por canon? Básicamente, un orden, una jerarquía, idea particularmente cuestionada a partir de los años sesenta. En la actualidad, el canon según Bloom, debería ser la respuesta a la pregunta: “¿Qué debe intentar leer el individuo que todavía desea leer en este momento de la historia?” (25).
En el punto más alto del canon occidental se encontraría la obra de William Shakespeare, quien de algún modo fija o “centra el canon”, constituyendo el único autor realmente “multicultural”, digno de las más diversas y encontradas interpretaciones y lecturas: “Para Shakespeare necesitamos un término más borgiano que universalidad. Al mismo tiempo todos y ninguno, nada y todos, Shakespeare es el canon occidental.” (…) La admiración de Bloom por el bardo inglés alcanza tales extremos que, según él, Shakespeare habría inventado lo humano, las infinitas posibilidades de la palabra, la acción y la imaginación, los diferentes caracteres humanos. En efecto, todos los autores elegidos por Bloom giran de algún modo en torno a Shakespeare, puesto que él sería el gran padre contra el que deberían luchar la mayor parte de los escritores para librarse de la angustia de la influencia ejercida por este sobre sus descendientes y que todos los escritores padecen respecto a sus principales predecesores. La historia de la literatura es concebida como una perpetua lucha (agon) por la supervivencia en el canon, lo que para Bloom es un rasgo esencial de la creación artística. Detrás de él vendrían autores como Dante, Cervantes, Dickens o Tolstoi.
Autores antiguos (“teocráticos”) no hay muchos y latinoamericanos, menos, si bien es cierto Borges y Neruda merecen algunos comentarios bastante elogiosos de su parte. Especialmente el primero, considerado como un gran epígono de Walt Whitman.
Para el nietzscheano Bloom, la “canonicidad” de la literatura canónica nada tiene que ver con la edificación moral ni con la justicia social, a diferencia de lo que pudiéramos imaginarnos en un primer momento. Lo que valora Bloom es la enorme capacidad de la literatura para explorar, analizar, interrogar la naturaleza humana. El objetivo del arte, de acuerdo con Bloom, debe ser el placer estético solitario sin más, en tanto el reino de lo estético constituye una esfera definida y bien separada de lo humano. Los intereses políticos o moralizantes deben mantenerse prudentemente al margen del arte o la literatura. Lo que hace que una obra sea canónica se debe, más bien, a “la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña” (13), siendo Dante un ejemplo de la primera y Shakespeare de la segunda, por medio de la cual adquiere cada obra su lugar en el canon, por contraste con las obras predecesoras, siendo la relectura una prueba importante de la “canonicidad” de un autor o una obra. Los escritores y libros a los que, como civilización occidental, queremos volver una y otra vez son aquellos que podemos considerar como “canónicos”, necesarios, imprescindibles.
Más allá de la verdad de cada una de sus afirmaciones y de todas las críticas que pudiéramos dirigir a una elección tan tendenciosa de autores y obras, principalmente pertenecientes a la categoría de «varones anglosajones blancos muertos», como le han enrostrado la mayor parte de sus contradictores, creo que El canon occidental comprende una selección particularmente interesante de autores y obras que vale la pena conocer o releer, aunque sea para discrepar con Bloom, una respetable guía de lectura.
Descontando las secciones introductorias, donde Bloom se explaya en torno a la conveniencia y necesidad de un orden cultural jerárquico capaz de iluminarnos y guiarnos a través de la infinita variedad de la producción literaria, El canon occidental se focaliza básicamente en veintiséis autores, abriéndose con un entusiasta ensayo acerca del poder creador de Shakespeare, para continuar con El Quijote de Cervantes, la Divina Comedia de Dante y terminar con Marcel Proust, James Joyce y Samuel Beckett, pasando por Milton, Emily Dickinson y ¡Sigmund Freud!, a quien considera derechamente dentro del ámbito literario como uno de los mayores creadores de mitos de nuestra época junto a Proust.
El ensayo o colección de ensayos, se cierra con un abundante catálogo de obras y autores dignas de toda nuestra atención. Fuera de las elecciones necesarias, como las que estructuran el ensayo en sí y las elecciones algo más obvias, como La Odisea de Homero o La Biblia, encontramos a grandes escritores de la actualidad, tales como Cormac MacCarthy, Philip Roth o John Banville.
Elitista, eurocéntrico, tradicionalista, altanero, dogmático, romántico, machista, anticuado, derechista, logofalocéntrico, pesimista, a Harold Bloom puede motejárselo de muchas cosas, sin duda alguna, como efectivamente ha ocurrido desde que comenzó a publicar, hace bastantes años ya, pero de lo que no se lo puede acusar de ningún modo es de ser un autor aburrido. Todo lo contrario. Es capaz de conmovernos y de comunicar todo el amor que le tiene a la palabra escrita, a la literatura, toda su devoción casi religiosa en cada línea, cada párrafo. No leerlo es perderse a uno de los más lúcidos profetas apocalípticos de nuestro tiempo.
Guillermo Riveros Álvarez
Probablemente uno de los críticos literarios más famosos, polémicos y prestigiosos de todo el mundo, Harold Bloom (n. el 11 de julio de 1930), Profesor Sterling de Humanidades de la Universidad de Yale, ha sabido destacar no solo por su asombrosa erudición sino también por el ímpetu, la capacidad sugestiva para convencernos o arrastrarnos hacia sus propias posiciones esteticistas, un brillante talento retórico, un alto vuelo intelectual y el ánimo beligerante con que se opone a todas las modas y convencionalismos de la academia, que encasilla en la llamada Escuela del Resentimiento: ciertos feminismos, ciertos marxismos, algún tipo de neohistoricismo derivado de Michel Foucault, críticos tales como Roland Barthes. Sus reconocidos mentores son autores tales como Michel de Montaigne, Samuel Johnson, “el más grande de los críticos literarios occidentales”, Ralph Waldo Emerson, Matthew Arnold, Northrop Frye.
En muchos sentidos, podría decirse que Harold Bloom puede ser considerado como un verdadero apocalíptico, de acuerdo con la nomenclatura acuñada por Umberto Eco en su famoso ensayo Apocalípticos e integrados (1965), aquel que contempla con horror cómo se desintegra una cultura, una civilización y se lamenta por los valores perdidos en el camino. No por nada ha escogido el esquema cíclico del filósofo napolitano Giambattista Vico para dividir los distintos periodos de la historia: Teocrática, Aristocrática, Democrática, centradas en Dios, los héroes y los hombres, respectivamente. A la nuestra reserva el elocuente nombre de Edad Caótica, siendo sus más fieles representantes Beckett, Joyce, Proust y Kafka.
Pero, ¿qué se entiende por canon? Básicamente, un orden, una jerarquía, idea particularmente cuestionada a partir de los años sesenta. En la actualidad, el canon según Bloom, debería ser la respuesta a la pregunta: “¿Qué debe intentar leer el individuo que todavía desea leer en este momento de la historia?” (25).
En el punto más alto del canon occidental se encontraría la obra de William Shakespeare, quien de algún modo fija o “centra el canon”, constituyendo el único autor realmente “multicultural”, digno de las más diversas y encontradas interpretaciones y lecturas: “Para Shakespeare necesitamos un término más borgiano que universalidad. Al mismo tiempo todos y ninguno, nada y todos, Shakespeare es el canon occidental.” (…) La admiración de Bloom por el bardo inglés alcanza tales extremos que, según él, Shakespeare habría inventado lo humano, las infinitas posibilidades de la palabra, la acción y la imaginación, los diferentes caracteres humanos. En efecto, todos los autores elegidos por Bloom giran de algún modo en torno a Shakespeare, puesto que él sería el gran padre contra el que deberían luchar la mayor parte de los escritores para librarse de la angustia de la influencia ejercida por este sobre sus descendientes y que todos los escritores padecen respecto a sus principales predecesores. La historia de la literatura es concebida como una perpetua lucha (agon) por la supervivencia en el canon, lo que para Bloom es un rasgo esencial de la creación artística. Detrás de él vendrían autores como Dante, Cervantes, Dickens o Tolstoi.
Autores antiguos (“teocráticos”) no hay muchos y latinoamericanos, menos, si bien es cierto Borges y Neruda merecen algunos comentarios bastante elogiosos de su parte. Especialmente el primero, considerado como un gran epígono de Walt Whitman.
Para el nietzscheano Bloom, la “canonicidad” de la literatura canónica nada tiene que ver con la edificación moral ni con la justicia social, a diferencia de lo que pudiéramos imaginarnos en un primer momento. Lo que valora Bloom es la enorme capacidad de la literatura para explorar, analizar, interrogar la naturaleza humana. El objetivo del arte, de acuerdo con Bloom, debe ser el placer estético solitario sin más, en tanto el reino de lo estético constituye una esfera definida y bien separada de lo humano. Los intereses políticos o moralizantes deben mantenerse prudentemente al margen del arte o la literatura. Lo que hace que una obra sea canónica se debe, más bien, a “la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña” (13), siendo Dante un ejemplo de la primera y Shakespeare de la segunda, por medio de la cual adquiere cada obra su lugar en el canon, por contraste con las obras predecesoras, siendo la relectura una prueba importante de la “canonicidad” de un autor o una obra. Los escritores y libros a los que, como civilización occidental, queremos volver una y otra vez son aquellos que podemos considerar como “canónicos”, necesarios, imprescindibles.
Más allá de la verdad de cada una de sus afirmaciones y de todas las críticas que pudiéramos dirigir a una elección tan tendenciosa de autores y obras, principalmente pertenecientes a la categoría de «varones anglosajones blancos muertos», como le han enrostrado la mayor parte de sus contradictores, creo que El canon occidental comprende una selección particularmente interesante de autores y obras que vale la pena conocer o releer, aunque sea para discrepar con Bloom, una respetable guía de lectura.
Descontando las secciones introductorias, donde Bloom se explaya en torno a la conveniencia y necesidad de un orden cultural jerárquico capaz de iluminarnos y guiarnos a través de la infinita variedad de la producción literaria, El canon occidental se focaliza básicamente en veintiséis autores, abriéndose con un entusiasta ensayo acerca del poder creador de Shakespeare, para continuar con El Quijote de Cervantes, la Divina Comedia de Dante y terminar con Marcel Proust, James Joyce y Samuel Beckett, pasando por Milton, Emily Dickinson y ¡Sigmund Freud!, a quien considera derechamente dentro del ámbito literario como uno de los mayores creadores de mitos de nuestra época junto a Proust.
El ensayo o colección de ensayos, se cierra con un abundante catálogo de obras y autores dignas de toda nuestra atención. Fuera de las elecciones necesarias, como las que estructuran el ensayo en sí y las elecciones algo más obvias, como La Odisea de Homero o La Biblia, encontramos a grandes escritores de la actualidad, tales como Cormac MacCarthy, Philip Roth o John Banville.
Elitista, eurocéntrico, tradicionalista, altanero, dogmático, romántico, machista, anticuado, derechista, logofalocéntrico, pesimista, a Harold Bloom puede motejárselo de muchas cosas, sin duda alguna, como efectivamente ha ocurrido desde que comenzó a publicar, hace bastantes años ya, pero de lo que no se lo puede acusar de ningún modo es de ser un autor aburrido. Todo lo contrario. Es capaz de conmovernos y de comunicar todo el amor que le tiene a la palabra escrita, a la literatura, toda su devoción casi religiosa en cada línea, cada párrafo. No leerlo es perderse a uno de los más lúcidos profetas apocalípticos de nuestro tiempo.
Guillermo Riveros Álvarez