viernes, 25 de junio de 2010

(500) HUNDREDS DAYS OF SUMMER. Largometraje de Marc Webb. Estados Unidos. 2009.


Either she's an evil, emotionless, miserable human being or... she's a robot.

Tom Hansen.


The story is old, I know, but it goes on…

Morrissey.


Variaciones de la fórmula «chico conoce chica» conocemos muchísimas. Tal vez demasiadas. Elaborar una lista mínimamente representativa sería no solo redundante sino por completo insuficiente. La industria cinematográfica, a todas luces, se ha refocilado con el esquema hasta el hartazgo, con resultados por completo dispares, trazando un arco que va desde lo sublime a lo ridículo y viceversa, sin olvidar cada uno de sus diversos grados intermedios. (500) days of Summer (500 días con ella), escrita por Scott Neustadter y Michael H. Weber y dirigida por Marc Webb, se halla en algún privilegiado punto de este arco, pese al hecho de ser una historia particularmente sencilla, pero indudablemente dulce y conmovedora acerca de dos chicos que se conocen, comienzan a gustarse, entablan una relación y se separan tras compartir una bella historia no exenta de todas las complicaciones propias asociadas a los seres humanos.

Tom Hansen (Joseph Gordon-Levitt) es un joven arquitecto atrapado en el disfraz de un escritor de tarjetas de felicitación tipo Village; un proyecto de artista alienado en un trabajo que no le satisface en absoluto pero tolera a regañadientes, con risueño desapego, por así decirlo. Summer Finn (Zooey Deschanel), una bella y luminosa jovencita de Michigan que un día llega a la oficina de Tom para desempeñar labores administrativas; la chica fría, compleja e independiente que prefiere su olímpica soledad antes que ser “nada de nadie”, la chica especial que escoge a Ringo como su favorito entre todos los Beatles y «Octopus’s Garden» como su mejor canción, contraviniendo todos los consensos tradicionales. En resumidas cuentas, una nueva, encantadora y totalmente verosímil encarnación de la femme fatale, en clave posmoderna.

Contra todo pronóstico y para su absoluto regocijo y sorpresa de sus amigos, el introvertido y tierno Tom logra conquistarla y convertirse en lo más parecido a un novio, si bien es cierto Summer se muestra más bien reluctante a la idea desde un comienzo debido a su peculiar idiosincrasia y temperamento, y al hecho de que ella no cree en el amor, a diferencia de Tom, quien se manifiesta desde un comienzo como un romántico impenitente, flechado a primera vista por la advenediza.

Presumiblemente, dada la evidente disparidad de fuerzas y sensibilidades puestas en juego, tras varios meses de complicidad y entrega, Summer decide romper con Tom, dejándolo sumido en una total devastación, abandonando la oficina que ha compartido con él mientras duraba la relación y provocando serios quiebres en su vida. A Tom no le queda más alternativa que reinventarse, pese a sí mismo, recuperando sus antiguas pasiones, construyéndose una nueva identidad a partir de las cenizas.

¿Demasiado simple? Puede ser. Pero otra cosa completamente distinta es devenir los testigos de dicha historia, enamorarnos de las rodillas o el pelo de Summer a través de los ojos de Tom y sufrir junto a él tras la pérdida de la supuesta mujer de su vida, que es efectivamente uno de los mejores efectos de la película, el de comunicarnos todos los sentimientos asociados al amor desde sus primeros destellos y manifestaciones, las primeras miradas cómplices, los mínimos detalles encantadores, hasta la terrible pérdida del mismo: el vibrante entusiasmo de los primeros días y encuentros sexuales —notablemente ilustrado en una antológica secuencia de musical—, el abismante contrapunto entre las expectativas y la realidad despertadas por el objeto del afecto reencontrado tiempo después, y cada una de sus múltiples peculiaridades.

Nuevamente, uno de los grandes méritos de este largometraje, de cualquier largometraje o historia, ya que estamos en eso, no está en el qué sino en el cómo, el modo de contar y mostrar una historia que en las manos equivocadas podría habernos resultado absolutamente insípida e irrelevante.

De partida, los hechos no nos son entregados de un modo por completo lineal, cronológico, sino de modo alternado, fragmentario, un tanto caótico, como los mismos recuerdos y sentimientos que se agolpan en la mente y el corazón roto de Tom. La edición y el montaje son, sin duda, dos aspectos destacadísimos de la cinta, otorgándole un ritmo propio, un pulso que oscila entre el éxtasis y la desolación, la luz y la sombra.

Por otra parte, los personajes —si bien construidos a partir de algunos rápidos, pero acertados trazos, de un modo análogo a lo que hemos podido apreciar en los trabajos de otro gran director joven, el estadounidense Wes Anderson [1]—, son absolutamente memorables, en gran parte debido a la excelentes interpretaciones de Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel, a quienes se suma un notable coro de personajes secundarios, entre los que destaca la precoz Rachel Hansen (Chloe Moretz), que se destaca con luz propia en cada una de sus apariciones, alcanzando unánimes muestras de aprobación, y el simpático McKenzie (Geoffrey Arend), suerte de involuntario celestino.

Pero sin lugar a dudas es la banda sonora uno de los aspectos más descollantes de la cinta, con artistas tales como The Smiths, The Beatles o Regina Spektor a la cabeza, aunque también incluyendo one-hit wonders del tipo «She’s like the wind», interpretada por el fallecido Patrick Swayze y algunas otros hallazgos que tal vez sea mejor descubrir por cuenta propia.

Tal vez con mayor acierto aún que la sobrevalorada High Fidelity (Alta fidelidad, Frears, 2000), la música desempeña un papel absolutamente preponderante en (500) days of Summer, proporcionándole una textura, un fondo emotivo a cada una de las escenas, sentimientos y rasgos fundamentales de los personajes de un modo aún más acusado que en cualquier otro ejemplo que pudiera ocurrírsenos. Es una película para enamorados y melómanos, definitivamente. Ninguna contradicción.[2]

Pero más allá de todos los aspectos que podamos señalar y distinguir por separado, tal vez sea esa capacidad de transportarnos a un mundo ajeno con semejante respeto y cariño por sus personajes lo que hace de la cinta de Webb, una experiencia del todo memorable. Particularmente, aquella capacidad que mencionábamos con anterioridad de recrear y comunicar sentimientos ajenos, al punto de contagiarnos y conmovernos genuinamente, contactándonos con nuestros propios sentimientos y experiencias, nuestras propias alegrías y pérdidas. Cuando Tom mira a Summer por encima de la pantalla de su computador, cuando se ríe con ella o recuerda cada uno de sus encuentros, sus dientes torcidos o la “marca de nacimiento con forma de corazón en el cuello” nos reconocemos en su mirada, especialmente aquellos que hemos idealizado completamente la idea del amor “debido a una temprana sobreexposición a la música pop británica triste y a una lectura completamente desviada de El graduado”, aunque también, con la mejor de las suertes, a más de algún androide por ahí.

(500) days of Summer, una cinta absolutamente obligatoria para recordar los brillantes días de verano en medio del sombrío, lluvioso y solitario invierno.

Inolvidable.


Guillermo Riveros Álvarez



[1] Responsable, entre otras, de la extraordinarias comedias: The Royal Tenenbaums (Los excéntricos Tenenbaums, 2001), The Life Aquatic with Steve Zissou (La vida acuática con Steve Zissou, 2004) y The Darjeeling Limited (Viaje a Darjeeling, 2007).

[2] Cabe señalar, a este respecto, que Zooey Deschanel, también vocalista del dúo She & Him, se luce cantando una impostadamente ingenua canción de Lee Hazlewood, mientras que Gordon Levitt se las amaña para dar lo mejor de sí mismo interpretando “Here comes your man” de Charles Thompson en una brillante escena de karaoke.