jueves, 18 de marzo de 2010

UP IN THE AIR (AMOR SIN ESCALAS). Largometraje de Jason Reitman. Estados Unidos. 2009.




The slower we move, the faster we die. Make no mistake, moving is living. Some animals were meant to carry each other to live symbiotically over a lifetime. Star crossed lovers, monogamous swans. We’re not swans. We’re sharks.
Ryan Bingham.


De la abstracción cuantitativa a la concreción de la vida real, de los innumerables privilegios de viajero frecuente a la inevitable problemática de las relaciones interpersonales, de la insensibilidad a la humanización es el viaje que nos propone la nueva cinta de Jason Reitman, cuyo agudo trabajo hemos tenido la oportunidad de apreciar en al menos dos ocasiones: la notabilísima sátira Thank you for Smoking (Gracias por fumar, 2005) y la galardonada comedia Juno (2006). La primera se focaliza en las peripecias de un lobbysta de las tabacaleras y la segunda en las aventuras de una joven adolescente que se embaraza accidentalmente de uno de sus compañeros de secundaria.
Up in the air o Amor sin escalas, como se la ha traducido desafortunadamente para el mercado latinoamericano reproduciendo una inveterada costumbre, cuenta con más de algún punto en común con ambas. Especialmente, con la primera. De partida, tanto en Thank you for Smoking como en Up in the Air los insensibles protagonistas sufren un perceptible cambio en su visión del mundo, como consecuencia del contacto con ciertas personas y la exposición a ciertas experiencias previamente desdeñadas. Por otra parte, ambos son empleados de grandes corporaciones que de una u otra forma atentan contra el bienestar de la población general: las tabacaleras y una consultoría de despidos. Tercero: ambas constituyen una suerte de reflexión sobre la economía actual y sus consecuencias sobre la población de un modo, por así decirlo, satírico, a partir de dos grandes desfachatados, lo que constituye una suerte de evidente excepción en la industria cinematográfica estadounidense, en que la economía y especialmente el mundo del trabajo han llegado a convertirse en una suerte de tabú que no se menciona sino de modo muy indirecto, nunca como un problema en sí mismo, al menos en la ficción. Para terminar con la comparación, tanto Nick Naylor (Aaron Eckhart) de Thank You… como Ryan Bingham de Up in the Air constituyen una suerte de pícaros capaces de sobrevivir en un mundo lleno de complejidades, merced a una batería de atributos y artimañas, tales como el encanto personal, la inteligencia y el timo, su capacidad para adaptarse y moverse con rapidez, como modernos Odiseos. Son los mejores en lo que hacen, los ganadores, los superhombres que lisonjea nuestro sistema. También, los estafadores. A modo de ejemplo, un solo nombre: Bernard Madoff. En ese sentido, es difícil imaginar a un actor más carismático que George Clooney para interpretar un rol semejante con tanta gracia y desenvoltura. Después de todo, tal vez esa sea la máscara de una sociedad profundamente hipócrita y caníbal, que nos enseña furtivamente los dientes con que nos devorará en cada sonrisa.
Hasta cierto punto, podría argumentarse que Ryan Bingham (George Clooney) es una suerte de moderna versión del mito cristiano del judío errante, según el cual este habría sido condenado a vagar hasta la Parusía o segunda venida de Cristo debido a su falta de compasión al negarse a dar un poco de agua a Jesucristo en su camino hacia la cruz, si bien es cierto las versiones difieren en cuanto a los detalles. Como el judío errante, Bingham desplaza de un lado a otro de Estados Unidos coleccionando millas, honores y regalías hoteleras, entre otras tantas prebendas de dudosa significación, motivado por un absurdo afán de acumulación y reconocimiento. No tiene domicilio fijo ni se relaciona con nadie en profundidad. Es un fiero individualista, completamente desconectado del mundo de los afectos y los compromisos. Desempeña su trabajo con destreza y eficiencia. Más aún, con carisma. Pero su trabajo no es un asunto cualquiera. Bingham se dedica a despedir gente para una gran corporación, como hemos adelantado: un trabajo que realiza con toda meticulosidad y tacto, con todo el desparpajo de un impenitente cínico. De hecho, clausura cada una de las entrevistas de terminación de contrato con las siguientes palabras: “Todo aquel que alguna vez construyó un imperio, o cambió el mundo, estuvo donde tú estás ahora. Y es justamente a causa de que estuvieron aquí que fueron capaces de hacerlo.”
Pero un día su privilegiada forma de vida se ve amenazada doblemente. En primer lugar, por la irrupción de Natalie Keener (Anna Kendrick), una agresiva ejecutiva recién salida de la universidad que pretende implementar un nuevo sistema para despedir a larga distancia, reduciendo de este modo los costos relacionados con los despidos personalizados por medio de una suerte de videoconferencia, amenazando directamente el modo de vida de Bingham. En segundo, por Alex Goran (interpretada por una sensual y curvilínea Vera Farmiga, a quien hemos podido ver anteriormente como la amante de Matt Damon y Leonardo Di Caprio en The Departed (Los infiltrados, Scorsese, 2006)), una especie de sensual doble del propio Bingham con la que paulatinamente comienza a crear lo más parecido a una relación sentimental, reuniéndose en diversos puntos de sus infatigables desplazamientos por el país, al punto de invitarla a acompañarlo a la boda de su hermana menor, parte de una familia a la que apenas conoce y a la que apenas quiere conocer.
Contrariando su propia naturaleza de solitario empedernido y desapegado, aunque más por un asunto de supervivencia que filantropía, Bingham decide tomar partido por ambas, construyendo una relación de maestro/discípula con Natalie y de amante, con Alex. Pero a veces es algo tarde para torcer el rumbo y el mismo mundo que ayudamos a construir puede devolvernos el golpe. Después de todo, la falta de compasión es la norma que guía nuestras conductas y a nadie le importa nadie. En este sentido, pocas frases pueden resumir con tanta precisión el mundo mostrado como una suerte de fondo de la acción en Up in the Air como las pronunciadas por el propio protagonista durante una de sus múltiples conferencias motivacionales para desprenderse de las cargas materiales y afectivas que cada uno lleva consigo con el fin de adaptarse a los cambios impuestos por el mercado: “Mientras más lento nos movemos, más rápido morimos. No se equivoquen, moverse es vivir. Algunos animales fueron diseñados para arrastrar al otro con el fin de vivir simbióticamente durante una vida entera. Amantes regidos por las estrellas, cisnes monógamos. Pero nosotros no somos cisnes. Somos tiburones”. En efecto, tal es la antropología de la era neoliberal. Nuestra propia antropología, lamentablemente, ya que nada de lo que se muestra en la cinta se encuentra demasiado lejos de nuestra propia realidad. Una suerte de extremo darwinismo social, en que todos compiten contra todos, con el fin de sobrevivir en un mundo cada día más deshumanizado y brutal es puesto en escena. Solo los más fuertes sobreviven en el mercado. Los débiles deben ser debidamente segregados, marginados, eliminados.
Con el particular talento, sensibilidad e inteligencia a que ha comenzado a acostumbrarnos, el director y guionista Jason Reitman logra simultáneamente contar una entretenida historia e imbricarla con uno de los temas más sensibles y, al mismo tiempo, escamoteados de nuestra época: nuestro destructivo sistema económico, lo que sin duda hubiera sido mucho más sencillo de manejar en un formato de documental, sesgo que en parte aportan las decenas de testimonios de los anónimos seres a quienes vemos ser despedidos ante nuestras propias narices, como carne de moler, sin ningún tipo de contemplaciones, como un cruel contrapunto a la supuestamente glamorosa y exitosa vida del protagonista, mezclando con maestría lo privado y lo público, lo particular y lo universal. No otra cosa, según algunos, es lo que persigue la creación artística. Si es ese al menos uno de los criterios más relevantes a la hora de emitir un juicio, pues bien, Up in the Air lo ha conseguido admirablemente, aunque los reconocimientos oficiales le hayan sido esquivos pese a las numerosas nominaciones que obtuvo. Extraordinaria.

Guillermo Riveros Álvarez