A Cristián Barros y Felipe Cussen.
Before you play two notes, learn how to play one note
—and don't play one note unless you've got a reason to play it.
¿Existen las autobiografías musicales? No que yo sepa, aunque tal vez no sería del todo inapropiado inventarlas o utilizar semejante concepto para describir ciertas obras en las que un artista pareciera descubrirnos una vasta región de su alma antes de partir y sumergirse en el silencio o la muerte, una forma de silencio extremo, sin duda, desde todo punto de vista. De algún modo, es lo que pareciera haber ocurrido con el gran compositor británico Mark Hollis, en su primera y hasta ahora única obra en calidad de solista, tras la disolución de la extraordinaria banda Talk Talk, de la que fuera vocalista y líder indiscutido, a comienzos de los noventa.
Si escribir acerca de música es una tarea ardua, hacerlo a propósito del disco homónimo de Mark Hollis tal vez lo sea doblemente, ya que sus composiciones parecieran escaparse a cualquier categoría conocida, al punto de que parecieran constituir un género en sí mismas, esto es, música que solo Mark Hollis podría haber compuesto a partir de una multitud de influencias apenas sugeridas. Tantas, como para impedirnos distinguirlas con claridad, como en el caso de todo gran creador que ha sabido sintetizar en una nueva unidad todo lo digerido a lo largo de su vida, si bien es cierto la placa guarda una conexión directa y, por así decirlo, orgánica con los últimos trabajos de Talk Talk, cuyo sonido fue distanciándose paulatina aunque firmemente de las convenciones de la música pop de la época hasta adquirir un aura por completo idiosincrásica, particular, más propia de un grupo de rock progresivo que de una banda de new romantics o synth pop, dos géneros en los que se los trató inútilmente de encasillar, asimilándolos a grupos como Duran Duran, a quienes, por otra parte, telonearon en su gira británica de 1982.
En un sentido aún más evidente que en el caso de Talk Talk, Mark Hollis, lanzada en 1998, es una obra de alta complejidad auditiva que se inclina marcadamente por una suerte de minimalismo musical, una presumible búsqueda de lo esencial en todos los aspectos. Las mismas letras de las canciones son a menudo apenas insinuadas, como si estuvieran animadas por un prurito oriental de laconismo y silencio.
De un modo enteramente tentativo, podríamos decir que el de Mark Hollis es un disco de la insinuación, de la sugerencia y, hasta cierto punto, del «como si». En efecto, en ocasiones da la impresión de que Mark Hollis cantara como si no supiera cantar[1], tocara como si no supiera tocar o como si tuviera miedo de hacerlo, de romper una cuerda, o bien, de exponer demasiado sus heridas abiertas. Hay al mismo tiempo una enorme contención emocional y un gran despliegue sentimental, una gran tensión entre creación y destrucción, música y silencio y, con toda certeza, una permanente búsqueda de sentido en cada pieza, cada compás, cada nota.
El disco se abre con una bellísima balada de nombre «The Colour of Spring», misma denominación que la tercera placa de Talk Talk, como si de algún modo Hollis pretendiera mediante este gesto subrayar la continuidad entre lo hecho a partir de dicho disco y sus nuevas criaturas.
Desde los primeros acordes somos concientes de estar frente a una experiencia musical por completo fuera de lo común, ajena por completo al circuito comercial, deliberadamente introspectiva y anhelante de autenticidad. De hecho, la música tarda al menos veinte segundos en manifestarse, como si se tratase de una presencia invocada de modo ritual, transportándonos desde nuestra circunstancia cotidiana a una dimensión por completo distinta —sagrada, si se quiere—, lo que de algún modo se refuerza con la envolvente y plañidera voz de Hollis, aún más envolvente y desgarrada que cuando lideraba Talk Talk, logrando que todo el mundo se moviese al ritmo de éxitos tales como «It’s my life» o «Such a Shame». «The Colour of Spring» es, sin lugar a dudas, la más luminosa de todas las canciones del disco: “un breve, sencillo salmo de renacimiento”, como bien lo señala Glen McDonald[2].
Aunque «Watershed» es el segundo tema, parece como si el místico viaje por el desierto planteado por la placa comenzara realmente aquí, lo que se refuerza con la incorporación de nuevos instrumentos: una guitarra, una batería, una armónica, entre otros, con los que pareciera sugerirse la ilusión de movimiento.
Con el tercer tema, «Inside looking out», la forma canción comienza a desintegrarse paulatinamente por medio de una sensible ralentización, aparte de un notable distanciamiento de las armonías propias de la música popular. Los primeros acordes del piano, sin ir más lejos, comportan una marcada influencia del impresionismo francés.
«The Gift», el cuarto track, constituye la canción menos introspectiva de todo el disco, la más jazzística y agresiva si se quiere, si bien es cierto, es también una de las más abstractas. La letra de la canción es apenas sugerida por un Hollis cada vez más reluctante a expresarse con claridad, cada vez más replegado sobre sí mismo. Las guitarras, por su parte, guardan una notable semejanza con cierto Pat Metheny. Especialmente, el de A Map of the World.
«A Life (1895-1915)» es, sin duda, una de las pistas más extrañas y enigmáticas del disco, partiendo por su título. ¿A qué vida se refiere Hollis, específicamente? ¿Quién vivió entre 1895 y 1915? ¿Su abuelo o algo por el estilo? ¿Era músico, también? ¿Murió, acaso, en la Gran Guerra? No es una hipótesis tan descabellada si atendemos a los evanescentes versos de la letra: “Uniform / Dream cites freedom / Avow / Relent / Such suffering / Few certain.” Las disonancias, apenas insinuadas anteriormente, comienzan a apoderarse del primer plano auditivo. La música ya no se pretende impresionista, al modo debussyano sino disonante, atonal, incluso dodecafónica, trayendo a nuestra memoria ciertas creaciones de la Segunda Escuela Vienesa, liderada por Arnold Schoenberg.
«Westward Bound», antepenúltima canción, constituye una especie de tregua en que las sonoridades folk vuelven a hacerse presentes en una balada ligeramente más desapegada, como si Hollis tomara distancia de sus propios sentimientos, de su vida, de su propia voz. Como si volviera a descubrirla tras mucho tiempo sin hacer uso de ella, o como si él mismo se sorprendiese con la cualidad acogedoramente tibia de su garganta.
Pero todas las treguas tienen un final. Es lo que se encarga de señalar el tema siguiente, «The Daily Planet» con que las disonancias vuelven a hacerse protagónicas, opacando la voz de Hollis, quien pareciera tener que hacer un esfuerzo particular para abrirse paso entre la espesura creada por la percusión y los vientos, para domesticar el ruido entrópico que amenaza con aniquilar la creación a cada momento.
Complementariamente a lo sugerido en un comienzo, tal vez podamos conjeturar que la placa homónima de Mark Hollis no sea una autobiografía en un sentido tradicional, cronológico —¿de hecho, cómo podrían traducirse las escenas significativas de nuestra vida al abstracto lenguaje de la música?—, sino una especie de autobiografía sentimental o, mejor dicho, una especie de tímida, sutil y sofisticada confesión en la que hasta los silencios parecieran significar algo que merece nuestra atención. O, mejor dicho, especialmente los silencios, como en el caso del gran jazzista Miles Davis, uno de los intérpretes que quizá mejor haya sabido entender el silencio como uno de los aliados más poderosos de la música y el sentimiento.
En Mark Hollis la consigna de que «menos es más» se encarna de un modo pocas veces logrado, musicalmente hablando, constituyendo un microcosmos sonoro único e irrepetible, a todas luces. De modo aleatorio, acuden a mi mente obras como las Gymnopédies de Eric Satie o algunos pasajes de Ravel o Debussy, a los que pareciera deber una parte no despreciable de su inspiración. El máximo efecto musical es conseguido a partir de la mayor contención.
“Dolorosamente bello y cautivantemente agreste […] posiblemente el disco más callado e íntimo alguna vez hecho, cada canción cortada al hueso con el fin de alcanzar el máximo impacto emocional y cada nota portando enorme significado”[3] fueron algunas de las palabras escogidas por Jason Ackery para describir la sobrecogedora música compuesta por Mark Hollis, en su escueta, aunque certera reseña. Fuera de todo lo señalado anteriormente, no se me ocurre mejor forma de describir el resplandor de un disco prácticamente arcano atravesado de punta a punta por una suerte de melancólica meditación, una obra que merece ser catalogada como verdaderamente extraordinaria, sino perfecta, todo lo perfecto que puede alcanzar el genio humano. Aunque jamás volviera a tocar nota alguna, Mark Hollis ha conseguido con esta pieza de belleza única inscribir su nombre en las estrellas.
Guillermo Riveros Álvarez
[1] Gran parte de sus letras son apenas inteligibles, de hecho, como volutas de humo que se desintegraran tan pronto son expulsadas a la atmósfera.
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